archivo

A Home is not a House

“A home is not a house”: Traducción al castellano por Pablo Madrid Rodriguez-Acosta.

Reyner Banham

 

“Una hogar no es una casa”

Cuando tu casa contiene semejante complejo de cañerias, chimeneas, cables, cables, luces, acometidas, extractores, hornos, fregaderos, trituradores de residuos, parlantes de hi-fi, antenas, conductos, congeladores, calentadores —cuando contiene tantos servicios que el equipo podría soportarse por sí mismo sin ayuda de la casa, ¿para qué tener una casa para sostenerlo? Cuando el costo de todo este instrumental es la mitad del costo total (o más, como sucede a menudo), ¿qué es lo que está haciendo la casa excepto ocultar tus partes pudendas mecánicas de la mirada de los transeúntes? Ha habido un par de veces recientes en los edificios donde el público estaba realmente confundido con respecto a qué eran los servicios mecánicos y qué era la estructura —a muchos visitantes de Phiiladelphia les lleva un rato entender que los entrepisos de las torres de laboratorios de Louis Kahn no están sostenidos por las cajas de ladrillos para conductos, y cuando lo han entendido tienden a dudar si valía la pena la molestia de darles a los entrepisos una estructura portante independiente.

Sin duda, una gran parte de la atención captada por esos laboratorios deriva del intento de Kahn de exponer el drama de los servicios mecánicos a la vista—y si finalmente falla en hacerlo convincentemente, la importancia phicológica del gesto sigue estando, por lo menos a los ojos de sus colegas arquitectos. Los servicios son un tema en el cual la práctica arquitectónica ha alternado caprichosamente entre lo descarado y lo recatado —estuvo aquel período ‘déjalos colgar’, en el que cualquier cielorraso era un lío de entrañas en colores vivos, como en la salas del Consejo en el edificio de la ONU, y ha habido ataques de pudor en los que incluso el detalle anatómico más inocente fue rápidamente velado precipitadamente con un cielorraso suspendido.

Básicamente, hay dos razones para todo este calentarse y enfriarse1, si se me permite el más viejo juego de palabras entre los instaladores de aire acondicionado. La primera es que los servicios mecánicos son demasiado nuevos como para haber sido absorbidos en el saber tradicional de la profesión: ninguno de los grandes slogans (lemas) —Form Follows Function (la Forma sigue a la Función), accusez la structure, Firmness Commodity and Delight (La firmeza de los productos básicos y el placer), Truth to Materials (Honestidad con los Materiales), Wenig ist Mehr (Menos es Más)— es muy utilizado al enfrentarse con la invasión mecánica. Lo que más se aproxima, en forma significativamente negativa, es el “Pour Ledoux cʼetait facile —pas de tubes” (“Para Ledoux fue fácil -sin tubos-“) de Le Corbusier, que parece estar cobrando validez proverbial como la expresión de una profunda nostalgia por la época dorada anterior a la llegada de las cañerías.

La segunda razón es que la invasión mecánica es un hecho, y los arquitectos —especialmente los arquitectos americanos— la sienten como una amenaza cultural a su posición en el mundo. Los arquitectos americanos ciertamente tienen razón en sentirlo así, porque su especialidad profesional, el arte de crear espacios monumentales, nunca se estableció firmemente en este continente. Continua siendo un  transplante de una cultura más vieja, y los arquitectos americanos tienen constantes regresiones a esa cultura. La generación de Stanford White y Louis Sullivan eran propensos a comportarse como emigrantes de Francia, Frank Lloyd Wright a menudo se refugiaba en teutonicismos nostálgicos como Lieber Meister, los grandes de los treinta y cuarentavinieron de Aachen y Berlín al fin y al cabo,  los líderes de los cincuenta y sesenta son hombres de cultura internacional como Charles Eames y Philip Johnson, y también lo son, en muchos aspectos, los que están surgiendo hoy en día, como Myron Goldsmith.

Abandonados de sus propios suerte, los americanos no monumentalizan ni hacen arquitectura. Desde la cabaña de fin de semana en Cape Cod, pasando por el balloon frame, a la perfección del revestimiento de chapa de aluminio con una textura para simular el veteado de madera, siempre han tendido a hacer una chimenea de ladrillos y apoyar contra ella un conjunto de chozas. Cuando Groff Conklin escribió (en The Weather-Conditioned House) “Una casa no es más que una cáscara vacía… una cáscara es en realidad toda casa o cualquier estructura en la que los seres humanos viven y trabajan. Y la mayor parte de las cáscaras en la naturaleza son barreras extraordinariamente ineficientes al calor y al frío.” estaba expresando un punto de vista extremadamente americano, apoyado por una tradición popular largamente establecida.

Y puesto que esa tradición coincide con él en que la cáscara hueca americana es una barrera térmica tan ineficiente, los americanos siempre han estado listos para bombear  más calor, luz, y energía en sus refugios que el resto de los pueblos. El espacio monumental americano es, supongo, el gran espacio exterior — el porche, la terraza, las llanuras surcadas por rieles de Whitman, el camino infinito de Kerouac, y ahora, el Gran Ahí Arriba (La exploración espacial). Incluso en el interior de la casa, los americanos rápidamente aprendieron a prescindir de las particiones que los europeos necesitan para darle al espacio un carácter arquitectónico y limitado, y mucho antes de que Wright comenzara a dar tumbos a través de las paredes que dividían la arquitectura correcta en sala de estar, sala de juegos, sala de cartas, sala de armas, etc., los americanos más humildes se habían ido deslizando hacia un modo de vida adaptada a los interiores distribuidos informalmente que eran, efectivamente, grandes espacios únicos.

Ahora bien, los grandes volúmenes envueltos en frágiles cáscaras tienen que estar iluminados y calefactados en un modo bastante diferente y más generoso que los interiores cubiculares de la tradición europea en torno a los cuales cristalizó en un principio el concepto de arquitectura doméstica. Justo desde el comienzo, desde la estufa Franklin y la lámpara de queroseno, el interior americano ha tenido que estar mejor servido si debía soportar una cultura civilizada, y ésta es una de las razones por las cuales los Estados Unidos han estado siempre a la vanguardia en los servicios mecánicos para edificios, de modo que si los servicios pueden en algún lugar percibirse como una amenaza para la arquitectura, ese lugar es América.

El fontanero es el intendente de la cultura americana”, escribió Adolf Loos, padre de todas las tópicos europeas sobre la superioridad de la fontanería americana. Él sabía de qué hablaba; su breve visita a los Estados Unidos en los noventa lo convencieron de que las sobresalientes virtudes del modo de vida americano eran su informalidad (no hace falta vestir un sombrero de copa para llamar a una autoridad local) y su limpieza —que necesariamente debía ser percibida por un vienés con un esquema de compulsiones freudianas tan altamente desarrollado como el tenía. Aquella obsesión con la limpieza (que se ha convertido en uno de los mayores absurdos de la cultura Kleenex de la América que respira lysol) fue otro motivo psicológico que llevó a la nación hacia los servicios mecánicos. Las iniciales justificaciones  para el aire acondicionado no eran simplemente que la gente tenía que respirar: Konrad Meier (en Reflections on Heating and Ventilating, 1904) , escribía meticulosamente “…las cantidades excesivas de vapor de agua, los olores enfermizos de órganos respiratorios, los dientes sucios, la transpiración, la ropa desordenada, la presencia de microbios debido a varias condiciones, el aire cargado de polvo de las alfombras y tapices… causan gran incomodidad y mayor enfermedad. (Tome un lavado y vuelva para el próximo párrafo.)

La mayor parte de los pioneros del aire acondicionado parecen haber estado obsesionados olfativamente de tal modo: como mejores amigos podían contar a America su mal olor corporal y a continuación, compulsivos vendedores a un hombre, inmediatamente recetar su propia panacea patentada y mejorada para ventilarla el infierno fuera de ella. En algún punto entra agrupación conceptual -limpieza, la cáscara ligera, los servicios mecánicos, la informalidad y la indiferencia por los valores arquitectónicos monumentales, la pasión por el espacio abierto— siempre me pareció que acechaba algún difuso concepto maestro que nunca lograba enfocar. Finalmente me apareció claro y legible en junio del ʼ64, en las circunstancias más altamente apropiadas y sintomáticas.

Estaba sumergido hasta el vello de mi pecho, haciendo películas caseras (me excita al estilo NASA de llevar equipo costoso a medios hostiles) en la playa del campus en el sur de Illinois. Esta playa combina el aire libre y la limpieza en un modo altamente americano —escenográficamente es el viejo estanque de la tradición de Huckleberry Finn, pero está apropiadamente vigilada (por socorristas de segundo año que se sientan en las sillas Eames sobre postes en el agua) y además está tratada con cloro. Desde donde estaba, podía ver no sólo barbacoas familiares inmensamente elaborados y picnics desarrollándose sobre la arena esterilizada, sino también, a través de y sobre los árboles, el entramado de una de las cúpulas experimentales de Buckminster Fuller. Y me di cuenta entonces, que si la sucia y vieja Naturaleza pudiera ser mantenida bajo el grado adecuado de control (quedarse con el sexo y eliminar los estreptococos) por otros medios, los Estados Unidos estaría feliz de prescindir de la arquitectura y los edificios en conjunto.

Bucky Fuller, por supuesto, pone especial énfasis en esta proposición: su famosa pregunta no retórica “Señora, ¿sabe cuánto pesa su casa?” articula una subversiva sospecha de lo monumental. Esta sospecha es inarticuladamente compartia, por los miles de americanos que ya han arrojado el peso muerto de la arquitectura doméstica y viven en casas móviles que, incluso a veces nunca se mueven en realidad, todavía siguen dando un mejor rendimiento como refugio que las estructuras ancladas a tierra que cuestan por lo menos tres veces más y pesan diez veces más. Si alguien pudiera desarrollar un paquete que pudiera efectivamente desconectar la casa móvil de los cables que cuelgan del suministro eléctrico de la ciudad, las bombonas de gas envasado fijados inseguramente en su embalaje y las semi-innombrables instalaciones sanitarias que surgen de no poder conectarse a la cloaca general —Entonces deberíamos verdaderamente ver algunos cambios. Puede no estar demasiado lejos; los recortes en los gastos de defensa pueden llevar a que las técnicas derivadas de la investigación espacial sean aprovechadas por otros campos relativamente pronto, y ese talento miniaturizador aplicado a un paquete ‘estándar de vidaʼ  [a standard-of-living package; un paquete de nivel de vida, de habitación] autocontenido y regenerativo que pudiera ser arrastrado tras una casa rodante o adosado a ella, podrían producir una especie de unidad remolcable que podría ser recogida o dejada en depósitos a trav´s de la faz de la nación. Avis podría todavía transformarse en la primera en equipos, aun si tuviera que seguir conformándose con un meritorio segundo puesto en alquiler de autos.

De aquí podría surgir una revolución doméstica al lado de la cual la Arquitectura Moderna parecería “Kiddibrix”, ya que usted podría ser capaz también desprenderte de la casa móvil. Un paquete estándar de vida (la frase standard of living y el concepto son ambos de Bucky Fuller) que realmente funcionara podría, como tantas invenciones sofisticadas, devolver al hombre a un estadio más cercano al natural a pesar de su compleja cultura (tal como la superación del telégrafo Morse por el teléfono Bell restauró su capacidad de comunicarse hablando, a través del país). El hombre comenzó con dos maneras básicas de controlar el entorno: una esquivando el tema y escondiéndose debajo de una roca, árbol, tienda o techo (lo que condujo a última instancia a la arquitectura tal como la conocemos) y la otra interfiriendo realmente con la meteorología local, usualmente por medio de un fuego que, en forma más pulida, podría llevar al tipo de situación aquí en discusión. A diferencia del espacio habitable atrapado con nuestros ancestros debajo de una roca o un techo, el espacio en torno al fuego tiene muchas cualidades únicas que la arquitectura no puede aspirar a igualar, ante todo su libertad y variabilidad.

La dirección y fuerza del viento decidirá la forma y dimensiones de ese espacio, extendiéndose el área de calor tolerable en un óvalo alargado, pero la emisión de luz no se verá afectada por el viento, y el área de iluminación tolerable será un círculo superpuesto al óvalo de calor. Habrá entonces una variedad de opciones ambientales de luz y calor para elegir según la necesidad y el interés. Si quieres hacer una tarea fina, como reducir una cabeza humana, te sientas en un lugar, pero si quieres dormir te acurrucas en un lugar diferente; el juego de tabas hallaría su lugar bastante diferente del entorno que correspondería a las reuniones del comité organizador de ritos de iniciación… y todo esto sería perfecto si los fuegos al aire libre no fueran tan efímeros, ineficientes, poco confiables, humeantes y todo eso.

Sin embargo una correcta configuración del paquete standard of living, soplando, el aire caliente a ras del suelo (en vez de absorber aire frío a lo largo del suelo como el fuego), irradiando luz suave y Dionne Warwick en cálido estéreo, con proteína madura girando en el horno con luz infrarroja, y la hielera tosiendo discretamente unos cubitos en los vasos sobre el bar desplegable —esto podría hacer por un claro en el bosque o una roca en la ensenada lo que Playboy nunca podría hacer por su penthouse puesto allí. ¿Pero cómo vas a trasladar este pedazo de tecnología hasta el arroyo? No necesita ser tan masivo; las necesidades aeroespaciales, por ejemplo, han hecho cosas salvajes sobre la tecnología de estado sólido, produciendo incluso pequeños transistores refrigeradores. Todavía no captan ninguna gran cantidad de calor, pero ¿qué vas a hacer en el claro de todas formas? ¿congelar un novillo? Tampoco se necesita manipularlo —podría trasladarse sobre un colchón de aire (su propia emisión de aire acondicionado, por ejemplo) como un hovercraft o una aspiradora doméstica.

Esto va a consumir una buena cantidad de energía, incluso con los transistores. Pero deberíamos recordar que cada vez menos americanos están lejos de una fuente de entre 100 y 400 caballos de fuerza —el automóvil. Unas baterías de automóvil potenciadas y un tambor para un cable de arrastre probablemente podrían poner a este paquete a emitir vapores de cognac sobre el Edén mucho antes de que aparezcan la transmisión de potencia por microondas o las plantas atómicas miniaturizadas. El automóvil es ya hoy una de las armas más pesadas de la artillería ambiental americana, y el componente esencial en un anti-edificio no arquitectónico que ya es bien conocido para la mayor parte de la nación —el autocine [the drive-in movie house]. Sólo que la palabra casa (house) es un manifiesto error de denominación —sólo un terreno liso en el que la compañía operadora ofrece imágenes visuales y sonido por cable, y el resto de la situación viene sobre ruedas. Traes tu propio asiento, calor y protección como parte del coche. También traes Coca Cola, galletitas, Kleenex, Chesterfields, ropas de más, zapatos, la píldora y cualquier otra cosa que se te ocurra y que no te darían en el Radio City.

El automóvil, para abreviar, está haciendo ya bastante del trabajo del paquete standard of living —la pareja acaramelada bailando la música de la radio de su descapotable aparcado ha creado una sala de baile de la nada (la pista va por cortesía del Departamento de Autopistas, por supuesto) y todo esto es paradisíaco hasta que empieza a llover. Incluso en ese caso no estás acabado —se necesita muy poca presión de aire para inflar una cápsula de mylar transparente, el aire acondicionado del paquete podría hacerlo, con o sin un poco de impulso, y la propia cápsula, doblada en una bolsa de paracaídas, podría ser parte del paquete. Desde el interior de tu hemisferio de diez metros de espacio vital (Lebensraum) seco y calentito podrías tener unas espectaculares vistas en primera fila del viento derribando árboles, la nieve arremolinándose en el claro, el incendio forestal que se acerca por sobre la colina o Constance Chatterley corriendo ágilmente hacia ya sabes quién a través de la lluvia.

Pero… seguramente esto no sea un hogar, ¿no puedes criar una familia en una bolsa de polietileno? Nunca podrá reemplazar al tradicional estilo rancho de tres niveles alzándose orgullosamente en el paisaje de cinco arbustos ralos, flanqueado a un lado por la casa de techo a dos aguas y piso en desniveles con seis arbustos ralos y al otro por la casa con techo a dos aguas y piso en desniveles con cuatro niños y un arenero propio. Si los innumerables americanos que están criando exitosamente a niños preciosos en trailers me disculpan por un momento, tengo algunas sugerencias para hacer a los todavía más innumerables americanos que están tan inseguros que tienen que esconderse detrás de falsos monumentos de “falsapiedra” (Permastone) y techos instantáneos. Hay, sin duda, muy sonadas ventajas cotidianas en pararse sobre una alfombra cálida y un piso firme, en vez de sobre agujas de pino y hiedra venenosa. Los pioneros americanos reconocieron esto construyendo habitualmente sus chimeneas sobre un losa de ladrillos. Una burbuja inflable transparente podría anclarse a  una placa semejante tan fácilmente como un marco hinchable (balloon frame), y el paquete standard of living podría flotar animadamente en una especie de glorificado hoyo para fuego en el centro de la placa. Pero una burbuja inflable no es el tipo de cosa en la que los niños  o un distraído “Pumpkin-ester” podrían entrar y salir cuando les diera la gana —créanme, tratar de salir de una cápsula inflable puede ser todavía más complicado que salir de una carpa empapada venida abajo si haces el primer movimiento equivocado.

Pero la relación del kit de servicios con la losa podría reordenarse para supera esta dificultad; todo el paquete standard of living (o la mayor parte de ella) podría reinstalarse en lo alto de una membrana que flotara sobre el piso, irradiando hacia abajo calor, luz, y lo que se quiera, y dejando todo el perímetro completamente abierto para permitir el azaroso egreso -e igualmente el casual ingreso, supongo-. Ese loco ideal del Movimiento Moderno de la interpenetración interior y exterior podría finalmente hacerse real al eliminar las puertas. Técnicamente, por supuesto, sería practicamente factible hacer que la membrana literalmente flotara, como un hovercraft. Cualquiera que haya tenido que pararse bajo el efecto que produce en el terreno el rotor de un helicóptero sabrá que esta solución tiene poco de recomendable excepto la eliminación instantánea de los papeles de residuo. El ruido, el consumo de energía, y la incomodidad física, podrían ser algo realmente escandaloso. Pero si la membrana de energía pudiera apoyarse en una o dos columnas, aqui o allí, o incluso en una unidad de baño hecha en ladrillos, entonces estamos casi a la vista de lo que sería técnicamente posible antes de que la Gran Sociedad tenga muchos más años.

La idea básica es que la membrana soplaría una cortina de aire calentado/enfriado/acondicionado alrededor del perímetro del lado a barlovento de la anti-casa (un-house), y dejar que el resto del clima circule libremente por el espacio habitable, que no necesita corresponderse exactamente en planta con la membrana de arriba. La membrana probablemente tendría que ir más allá de los límites de la losa del suelo, de cualquier modo, para prevenir la entrada de lluvia, aún si la cortina de aire está activa precisamente desde el lado del que cae la lluvia y, estando acondicionada, tendería a captar la humedad mientras cae. La distribución de la cortina de aire estará controlada por varios sensores eléctricos de luz y clima, y por esa invención tan revolucionaria, la veleta. Para el tiempo realmente malo serían necesarios persianas automáticas contra tormenta, pero en todos salvo en los climas más salvajes, debería ser posible diseñar el kit acondicionador para en la mayoría de los climas y en la mayoría de los tiempos, sin que el consumo de energía se vuelva ridículamente superior al de una ineficiente casa ordinaria de tipo monumental.

Obviamente que sería apreciablemente mayor, pero todo este razonamiento gira entorno sobre la observación que hace el estilo americano (the American Way) al gastar dinero en servicios y mantenimiento en vez de en estructuras al igual que las culturas campesinas del Viejo Mundo. En cualquier caso, no sabemos por dónde andarán las cosas como la energía solar en la próxima década, y para el que quiera asistir a una visión casi posible del aire acondicionado totalmente gratis permítanme recomendar “Shortstack” (otro truco inteligente con tubo de polietileno) en el número de diciembre del ’64 de Analog. De hecho, un buen número de las objeciones de sentido común a la anti-casa (un-house) pueden terminar evaporándose: por ejemplo, el ruido puede no ser un problema al no haber un muro perimetral que lo refleje devolviendo hacia el espacio habitable y, en cualquier caso, el susurro constante de la cortina de aire proporcionaría un aceptable umbral de volumen que los sonidos deberían superar para hacerse audibles y entonces molestos. ¿Bichos? ¿Criaturas salvajes? En el verano no deberían ser peor que con las ventanas y puertas de una casa ordinaria abiertas; en invierno todas las criaturas en su sano juicio migran o hibernan; pero, en cualquier caso, ¿por qué no estimular los procesos normales de la selección darwiniana para arreglarte la situación? Todo lo que se necesita es desencadenar el proceso por medio de un ingenioso cebo; éste radiaría con llamadas de apareamiento y esencias sexys y atraería a todo tipo de predadores y presas mutuamente incompatibles hacia un charco de masacre indescriptible. Una cámara de circuito cerrado de televisión podría transmitir el estado del juego a una pantalla en el interior de la vivienda y brindar una programación continuada que haría que los ratings de Bonanza parezcan comida para gallinas.

¿Y la privacidad? Esto parece ser un concepto tan nominal en la vida americana tal cual se la vive que parece difícil creer que a alguien le preocupe seriamente. La respuesta, bajo las condiciones suburbanas que todo este argumento implica, es la misma que para las casas de vidrio que los arquitectos estaban diseñando tan laboriosamente hace una década —paisajismo más sofisticado. Esta es, después de todo, la tierra de las excavadoras y del transplante de árboles crecidos —¿por qué dejar que el Comisionado de Parques se quede con toda la diversión?

Como se dijo anteriormente, este argumento implica suburbios que, para bien o para mal, es donde America quiere vivir. No tiene nada que decir sobre la ciudad que, como la arquitectura, es un crecimiento foráneo algo inseguro en este continente. Lo que se discute aquí es la extensión del sueño Jeffersoniano más allá de la versión sentimentalmente agraria Usonia/Broadacre de Frank Lloyd Wright —el sueño de la buena vida en el campo limpio, una residencia campesina en un paradisíaco jardín de equipamiento lograda a fuerza de energía. Este sueño de la anti-casa (un-house) puede sonar anti-arquitectónico pero lo es sólo en parte, y la arquitectura desprendida de sus raíces europeas pero tratando de echar unas nuevas en un terreno extraño ha estado cerca de la anti-casa uno o dos veces ya. Wright no bromeaba cuando hablaba de ‘destrucción de la caja’ aun si la promesa espacial se cumple sólo ocasionalmente en la demasiado concreta realidad. Arquitectos populares de las llanuras como Bruce Goff y Herb Greene han producido casas cuya supuesta forma monumental tiene claramente poca importancia para el funcionamiento del habitar en ellas.

Pero es en un edificio que a primera vista parece sólo forma monumental que la amenaza o promesa de la anti-casa (un-house) ha sido más claramente demostrada—la casa Johnson en New Canaan. Se han dicho tantas cosas equívocas (por parte del mismo Johnson, así como por otros) para probar que ésta es una obra de arquitectura en la tradición europea, que muchos de sus aspectos intensamente americanos a menudo se escapan. Sin embargo cuando se ha dejado atrás toda la erudición sobre Ledoux y Malevitch y Palladio y todo lo que ha sido publicado, una de las fuentes más sugerente resulta difícil de explicar —la reconocida permanencia en el recuerdo de Johnson de una aldea incendiada de New England, con las ligeras envolventes consumidas por el fuego, y quedando las plataformas de ladrillo y las chimeneas en pie. La casa de vidrio de New Canaan consiste esencialmente de estos dos elementos, una losa calefaccionada de piso de ladrillo, y una unidad permanente que es chimenea-hogar de un lado y baño del otro.

En torno a esto se ha tendido precisamente el tipo de envolvente liviana de la que Conklin discute, sólo que todavía más insustancial que aquélla. El techo, ciertamente, es sólido, pero psicológicamente está dominado por la ausencia de cerramiento visual por todos lados. Como muchos peregrinos de este lugar se han dado cuenta, la casa no termina en el vidrio, y la terraza y los árboles más lejanos son parte del espacio de la vivienda, visualmente en invierno y física y operativamente en verano cuando las cuatro puertas se abren. La “casa” es poco más que un núcleo de servicios en un espacio infinito, o alternativamente, una galería exenta que mira en todas direcciones hacia el Gran Más Allá. En verano, de hecho, el vidrio tendría un poco de sinsentido si los árboles no diesen sombra, y en el reciente otoño abrasador el sol que atravesase los árboles desnudos crearía un efecto invernadero tal que partes del interior serían agudamente incómodas —la casa habría estado mejor sin sus paredes de vidrio.

Cuando Philip Johnson dice que el lugar no es un entorno controlado, sin embargo, no son estos aspectos del vidriado indisciplinado lo que tiene en mente, sino que ‘cuando hace frío me acerco al fuego, cuando hace calor simplemente me alejo’. De hecho, simplemente está explotando el fenómeno del fuego del camping (también quiere sugerir que la losa radiante no hace habitable a toda la superficie, que sí la hace) y en cualquier caso, ¿qué quiere decir por entorno controlado? No es lo mismo que entorno uniforme, simplemente es un entorno ajustado a lo que vas a hacer, y ya sea que hagas un monumento de piedra, te alejes del fuego, o enciendas el aire acondicionado, que es el mismo gesto básico humano que estas haciendo.

Sólo que el monumento es una solución tan ponderosa que me sorprende que los americanos todavía estén dispuestos a emplearla, a menos que sea a partir de algún profundo sentimiento de inseguridad, la persistente incapacidad para liberarse de esos hábitos mentales de los que escapaban al dejar Europa. En la sociedad sin frente a la calle, con su movilidad social e individual, su intercambiabilidad de componentes y personal, sus aparatos y casi universal despilfarro (expendability), la persistencia de la arquitectura como espacio monumental debe tomarse como evidencia del valor sentimental de lo perdurable.

ILUSTRACIONES POR FRANÇOISE DALLEGRET

ANATOMÍA DE UNIDAD VIVIENDA:

Con muy poca exageración, este conjunto barroco de aparatos domésticos ejemplifica la complejidad intestinal del buen vivir – en otras palabras, esta es la chatarra que mantiene la plataforma en balanceo. La casa misma ha sido omitida en los dibujos, pero si los servicios mecánicos continúan acumulándose a estos pasos, puede ser posible omitir la casa de hecho.

SUPERCOPA DE LARGO FIN DE SEMANA 1927,

El Dallegret´s 20-20 es ua retrospectiva y prospectiva producto de esta histórico capricho. La Primera Era de la Máquina mucho antes de este artículo fue su primer planteamiento. En el modo de aquella época, los servicios están en un remolque separado en lugar de estar enganchados mecánicamente.

TRAILMASTER GTO TRANSCONTINENTAL.

El Trailmastes GTO + 2 con eje trasero reforzado y transmisión del tren.

Transcontinental “División instantánia de niveles” casa remolque.

Paquete Soporto útil vital (U‐Tility Life‐Support pack)

La casa móvil actual es un desastre, visualmente, mecanicamente, y en su relación con la infraestructura permanente de la civilización. Pero si pudiera hacerse más compacto y móvil y son despojados de su depencencia de los útiles estáticos, el remolque podría cumplir su promesa de poner a una nación sobre ruedas. El tipo de paquete de utilidades móviles aquí sugerido no existe todavía, pero puede estar no muy lejos de las altas atracciones por llegar. El estilo lo sugerirá.

EL AMBIENTE-BURBUJA.

Bubble

Cúpula de plástico de burbuja transparente inflada por los surtidores de aire acondicionado.

E el estado actual de las técnicas del medio ambiente, no hay ningún dispositivo que pueda hacer que la lluvia vuelva a España; el paquete de vida estándar tiende a necesitar de un tipo de paraguas para las emergencias, y bien podría ser una cúpula de plástico inflada por aire acondicionado, hinchado por el propio paquete.

PAQUETE DE VIDA ESTÁNDAR TRANSPORTABLE

Para el hombre que tiene todo lo demás, un paquete de vida estándar como este podría ofrecerle el último dulce – el poder para imponer su voluntad en cualquier entorno en el cual el paquete fuera depositado; para disfrutar de la libertad espacial de la fogata nómada sin el olor, humo, cenizas y suciedad; y de los lujos de los sin los estorbos de los aparatos fijos de una vivienda permanente.

CASA MEMBRANA-ENERGÉTICA

La meta de las tendencias actuales en la mecanización interna parece ser una estructura cada vez más frágil que hace haciéndola habitable por la cada vez más masiva maquinaría, y la casa de membrana energética empuja esta idea a su lógica/ilógica conclusión. La planta abierta a poner fin a las plantas abiertas, a “walless”, un jardín que alberga debajo de sus ensanchadas axilas los último dispositivo. Los débiles corazones del mundo de la arquitectura que temen este total acondicionamiento como al leviatán que vendrá a pisotear a sus antepasados deben observar como de cerca Dallagret ha estado haciendo un monumento de la membrana energética; como embrión, la arquitectura saldrá a la luz, incluso en las circunstancias improbables..

Art in America. Numero 2, Abril, 1965.

Reyner Banham

Read More